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Title: Discriminación
Description: Exclusión o trato diferenciado que sufre una persona por presentar una serie de características arbitrarias, ajenas a aquello de lo que se le excluye o, que no siéndolo, se le atribuyen por asociación con un perfil demográfico tan arbitrario como cualquier otro.
Author: Escuela de Marxismo
URL: https://diccionario.marxismo.school/Discriminaci%C3%B3n
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> Exclusión o trato diferenciado que sufre una persona por presentar una serie de características arbitrarias, ajenas a aquello de lo que se le excluye o, que no siéndolo, se le atribuyen por asociación con un perfil demográfico tan arbitrario como cualquier otro.

## Los incentivos en el origen de la discriminación

A pesar de los cantos a las virtudes de la «libre competencia», el  capitalismo nunca ha conocido una competencia como la que se enseña en  las asignaturas de economía. Como vemos todos los días en la guerra  comercial, las leyes mercantiles, los impuestos… la competencia  capitalista es una guerra total que no se da más que parcialmente en el  «lenguaje de los precios». 

Crear monopolios para chantajear a muerte a millones, imponer  ventajas comerciales mediante la fuerza militar, someter a cargas  mayores al capital más débil… son el día a día de la competencia entre  capitalistas. Hasta el pequeño burgués más mísero sabe que los «buenos  márgenes» y los «grandes negocios» nacen de posiciones de fuerza  normalmente avaladas por el estado o sustentadas en la propiedad de  grandes masas de capital; no de la competencia en precio y calidad, sino de la posibilidad de utilizar el mercado para para imponer exacciones  amañadas fuera de él. 

Así que por mucho que nos vendan la «igualdad de oportunidades» como la esencia misma del sistema, **es el propio sistema el que constantemente recrea los incentivos a la discriminación**.

Cuando la izquierda nos dice que hay que enfrentarse y perseguir con  toda la fuerza del estado tal o cual discriminación, está tomando el  punto de vista del gran capital. A éste, que dirige el [capitalismo de estado](https://diccionario.marxismo.school/Capitalismo%20de%20estado), lo que le interesa es homogeneizar en la medida de los posible las  condiciones de explotación para garantizar la movilidad de los grandes  capitales entre sus colocaciones posibles.

Pero el capital en concurrencia, como el gigantesco parásito social  que es, no duda en usar cualquier medio a su alcance para sobrevivir y  reproducirse. Si hay posibilidad de discriminar, hay posibilidad de  aumentar la explotación y con ella, la ganancia. 

Es más, muchas veces, desde el punto de vista de los capitales  individuales, es la única forma de hacerlo. La tendencia igualadora del  gran capital, chocará una y otra vez con las necesidades de la  competencia real, sobre todo para la [pequeña burguesía](https://diccionario.marxismo.school/Peque%C3%B1a%20burgues%C3%ADa), pero también entre grandes capitales. Si una discriminación deja de ser útil, resurgirá otra antigua o aparecerá una nueva. 

Para el capital no hay nada esencial en las supuestas «identidades»  sobre las que en un momento carga con toda la fuerza de la  discriminación, solo perfiles demográficos a los que puede ser útil  discriminar. La existencia de cualquier resto o prejuicio precapitalista y de cualquier situación de marginalidad -presos, migrantes  irregulares, etc.-, será alentada entoncers y adoptada una y otra vez  por los nuevos concurrentes que aspiran a una acumulación acelerada  arañando márgenes. Y si no hay prejuicios a mano, se inventarán otros.

Esa es la competencia real. Tan brutal que el propio [estado](https://diccionario.marxismo.school/Estado) ha de moderarla por su potencialidad subversiva para la propia burguesía y su estado. **La discriminación en el capitalismo es sistemática, necesaria y universal**. Ni siquiera el estado puede ir mas allá de la persecución de excesos  sin eliminar el juego de incentivos de la concurrencia de capitales.

## La inculturación de la discriminación

Cuando el ejercicio de una discriminación se ejerce en el tiempo de  forma no dañina para el sistema en su conjunto, su justificación [ideológica](https://diccionario.marxismo.school/Ideolog%C3%ADa) acaba convirtiéndose en parte de la [cultura](https://diccionario.marxismo.school/Cultura).

Así por ejemplo los valores sociales que condenaban a las mujeres de  todas las clases sociales a un lugar subalterno dentro de la clase de  cada una de ellas, fueron para el [capitalismo](https://diccionario.marxismo.school/Capitalismo), en principio, una herencia. El [capitalismo](https://diccionario.marxismo.school/Capitalismo) no necesitaba de una división sexual de trabajo, ni está en su lógica  establecer un modo de explotación diferenciado y separada de varones y  mujeres. 

Lo acogió y lo reprodujo sin embargo desde el primer momento como una forma de aumentar de forma directa la explotación de las obreras. La  incorporación temporal de un número aun mayor de mujeres a la producción industrial durante las dos grandes guerras imperialistas eliminó buena  parte de las restricciones legales que quedaban a las mujeres en los  países del centro capitalista, aunque no bastó para cambiar la cultura.

Para que se produzcan cambios en la cultura hasta la condena social  de una determinada forma de discriminación hace falta un cambio en las  necesidades de la [acumulación](https://diccionario.marxismo.school/Acumulaci%C3%B3n%20de%20capital) tal que permee al estado y mueva a este primero a liberar a la [acumulación](https://diccionario.marxismo.school/Acumulaci%C3%B3n%20de%20capital) de las trabas que le suponga, materialmente, las estructuras surgidas  de una discriminación de carácter general y segundo que le lleve a  enfrentar la transformación de la [cultura](https://diccionario.marxismo.school/Cultura). 

La cultura es por definición «nacional» y cuando los valores y  prejuicios que dan base cierta discriminación pasan a ser  contraproducentes o dañinos para la [acumulación](https://diccionario.marxismo.school/Acumulaci%C3%B3n%20de%20capital), el [estado](https://diccionario.marxismo.school/Estado) o simplemente, la paz social, el estado intentará «reformar la  cultura», «depurarla» o «modernizarla». Se establecerá entonces una  cierta contradicción en lo [ideológico](https://diccionario.marxismo.school/Ideolog%C3%ADa) que irremediablemente generará partidarios y detractores de todas las  clases sociales. Verdaderos fuegos de artificio, estos conflictos pueden eternizarse bajo la forma de «guerras culturales», reforzando en torno a sí, la capacidad de encuadramiento del estado.

### El ejemplo del machismo español

Si las guerras mundiales no cambiaron de forma permanente el papel de las mujeres en el aparato productivo, si lo hizo una de sus  consecuencias: el desarrollo del [capitalismo de estado](https://diccionario.marxismo.school/Capitalismo%20de%20estado). 

Con la proliferación de estructuras burocráticas tanto en el estado  como en las empresas en todo el mundo comienza a principios de los años  sesenta la incorporación de una generación de mujeres de la pequeña  burguesía a la vida asalariada. El desarrollo del sector servicios que  acompañó al proceso durante la segunda postguerra -expresión de unos  mercados cada vez más insuficientes- y la pérdida de participación de  los salarios en la renta nacional producto del desarrollo de la [acumulación](https://diccionario.marxismo.school/Acumulaci%C3%B3n%20de%20capital), extendió el proceso durante los años 70 hasta afectar a la clase trabajadora como un todo. 

Las familias se transformaron de familias más o menos extensas en las que trabajaban los varones adultos y solo algunas mujeres para obtener  «ingresos complementarios», en «familias nucleares» en las que, para  mantener la capacidad de consumo, padre y madre tenían que tener un  trabajo a jornada completa.

Veamos un ejemplo en España. Entre 1978 y 2017 la población activa  femenina creció en un 177% y la tasa de actividad de las mujeres pasó  del 27,75% al 53,13%. En el mismo periodo, la tasa de actividad  masculina caía del 74,63% al 65,04%. El grueso de esa transformación del mercado laboral tiene lugar en los ochenta, el periodo en el que la  burguesía española emprende su proyecto «modernizador» que incluye la  reconversión industrial y la preeminencia de los servicios. 

Las mujeres trabajadoras de la época se incorporan pues a una  economía que demanda trabajadores cualificados. Las encontrarán en las  nuevas promociones de la enseñanza universitaria, donde el cambio había  arrancado ya en los 60. Cuando se aprueba la Constitución en 1978 casi  el 40% de los estudiantes son mujeres. A mediados de los 80 ya había más mujeres que hombres recibiendo enseñanza superior. Es decir, las  mujeres que vivieron en primera persona el cambio estructural del  mercado de trabajo en España, las que tuvieron que batallar «de verdad»  con jefes machistas y procesos de selección infames, son las que hoy  tienen 60 años o más.

El cambio económico fue acompañado de una serie de cambios culturales impelidos por el cambio legal. En 1981, el gobierno Suárez presenta y  consigue aprobar la ley del divorcio y en 1985 el de Felipe González la  primera ley del aborto. Desde las elecciones municipales de 1979, que  produjeron una mayoría de ayuntamientos PSOE-PCE, los centros de  «planificación familiar» difunden educación sexual básica y facilitan el acceso a los anticonceptivos a una nueva generación. 

Los valores ligados al sexo cambian, se «modernizan» y en general las relaciones personales, familiares y laborales se hacen -no sin roces-  más igualitarias en función del sexo de cada cual. Una tendencia que va  pareja al colapso de la iglesia católica como referencia y creadora de  modelos en la sociedad española. España pasa de casi un 70% de católicos practicantes a un 12%. El cambio en la moral sexual y las costumbres  sigue adelante.

Cuando en 2004 el gobierno Zapatero apruebe el matrimonio entre  personas del mismo sexo, el 56% de la población será ya partidaria y  solo poco más del 20% estará en contra. Por supuesto el machismo seguía, sigue y seguirá mientras las relaciones sociales como un todo se basen  en la violencia y la exclusión, pero aquel insoportable y burdo machismo español que había sido hegemónico hasta finales de los 80 se había  convertido ya en subcultura de la derecha más recalcitrante, en *tic* reprochable en los políticos, en argumento de por qué era insoportable  la «televisión basura» que despegaba desde la llegada de Berlusconi y su «Tele5».

El cambio cultural, sorprendentemente rápido en términos históricos,  generó también sus resistencias y víctimas. Pero es significativo que el primer gobierno en reconocerlo, movilizando a los medios de  comunicación afines para establecer el problema y aprobando la primera  ley sobre la violencia contra las mujeres fuera el de Aznar en 2001, en  año de instauración del euro. 

Es decir, el grueso del cambio cultural, la generación que impuso en  casa que los hermanos varones limpiaran los platos y no solo las hijas,  las que normalizaron para las mujeres las mismas prácticas sexuales y  relaciones afectivas que los hombres, las que vivieron el paso en la  consideración de la violencia de género de vergüenza íntima a lacra  social, es la de las mujeres que hoy tienen más de 45 años. O dicho de  otro modo, la generación anterior a la consagración del [feminismo](https://diccionario.marxismo.school/Feminismo) como ideología de estado.

El fin del machismo como elemento definitorio y característico de la  cultura española tuvo como motor la terciarización de las aplicaciones  de capital a partir de los sesenta. Fue acompañado desde el principio  por el estado, que proveyó de educación superior a cada vez más mujeres y transformó el aparato legal que consagraba la discriminación a partir  de 1978.

Es significativa la ausencia de un movimiento feminista con capacidad de movilización durante todo este proceso. Solo a partir de 2015, una  década después de que culminara la transformación socioeconómica, el [feminismo](https://diccionario.marxismo.school/Feminismo) aparecerá como forma de encuadramiento político masiva. Lo hará directamente desde el estado o muy apoyado por éste. 

Por supuesto re-escribirá la historia social de los 60, 70 y los 80  como si las transformaciones materiales hubieran sido empujadas por una  inexistente movilización feminista. El nuevo [feminismo](https://diccionario.marxismo.school/Feminismo), ideología de estado, era en realidad el producto y no la causa ni el  motor, de un cambio cultural que ya se había producido y que el estado  pasaba a reivindicar como elemento definitorio de la cultura social del  país.

## La posición de clase contra las discriminaciones

El movimiento del proletariado representa en su propio proceso de  constitución como clase la superación de todas las discriminaciones.  Aunque no, desde luego, al modo de un *movimiento cultural*, sino como expresión y resultado del [centralismo](https://diccionario.marxismo.school/Centralismo) que precisa para salir adelante.

El proletariado solo puede luchar de una manera efectiva venciendo  las divisiones impuestas artificialmente dentro de sí. Incluso al nivel  más elemental de su lucha, el de una huelga local, o supera las  fracturas impuestas por los distintos sistemas de discriminación por  tipo de contrato, edad, raza, sexo, lengua, origen, etc. o la lucha  quedará aislada e impotente. Para ir más allá, para convertirse en lucha de clase y una vez planteada como tal, para prosperar, necesitará poner en cuestión todas las opresiones y discriminaciones.

Es importante entender que, en cada fase de la lucha, en cada  momento, esta superación es el resultado de una práctica colectiva y de  una necesidad de la lucha concreta. La superación de las  discriminaciones no es el resultado de una iluminación ideológica que  afecta a los individuos uno a uno. Las luchas no son magia pentecostal  que genera súbitas y profundas convicciones morales que transforman  individualmente a los esclavos en santos iluminados.

Estamos en las antípodas de la famosa consigna puritano-feminista *lo personal es político*. Lo político, el combate de clase, transforma las relaciones humanas  como expresión de una necesidad material. Es cierto que, al hacerlo  afirma en los hechos una [perspectiva moral](https://diccionario.marxismo.school/Moral%20comunista). Pero esa perspectiva que no es otra que la de una [sociedad no fracturada en clases ni esclava de la escasez](https://diccionario.marxismo.school/Comunismo) manifestándose en la lucha como negación de toda opresión y discriminación. Es decir, el principio general del comunismo como *movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual*.

> El deber de protestar contra la  opresión nacional y de combatirla, que corresponde al partido de clase  del proletariado, no encuentra su fundamento en ningún «derecho de las  naciones» particular, así como tampoco la igualdad política y social de  los sexos no emana de ningún «derecho de la mujer» al que hace  referencia el movimiento burgués de emancipación de las mujeres. 
>
> Estos deberes no pueden deducirse más que de una oposición generalizada al  sistema de clases, a todas las formas de desigualdad social y a todo  poder de dominación. En una palabra, se deducen del principio  fundamental del socialismo.
>
> Rosa Luxemburgo. [La cuestión nacional y la autonomía](https://bibliothequedumarxisme.files.wordpress.com/2017/10/textos-sobre-la-cuestion-nacion-luxemburg-rosa.pdf), 1908

## Consecuencias en las organizaciones de clase

El [centralismo](https://diccionario.marxismo.school/Centralismo) es la expresión organizativa de la idea de unidad de la clase como [sujeto político universal](https://diccionario.marxismo.school/Proletariado). Cuando ésto se lleva a la organización de los trabajadores más esclarecidos, al [partido de clase](https://diccionario.marxismo.school/Partido), resulta evidente que la organización que persigue impulsar el  desarrollo de la conciencia de clase tiene que centralizar todos los  esfuerzos, unir a todos sin diferencias por su origen nacional o  religioso, su sexo, su edad o su lengua. Es lo que Rosa Luxemburgo  recuerda discutiendo precisamente sobre la organización de la  socialdemocracia rusa.

> En toda la socialdemocracia se da  un espíritu centralista pronunciado. Por haber crecido en el suelo  económico del capitalismo, que es centralista por tendencia, y por estar obligada a presentar su batalla en el marco político del gran Estado  centralizado burgués, la socialdemocracia es, ya de nacimiento, una  enemiga decidida de todo particularismo y todo federalismo. Como quiera  que la socialdemocracia tiene que defender los intereses generales del  proletariado en cuanto clase en el marco de un Estado concreto, frente a los intereses parciales y de grupo del proletariado, manifiesta la  tendencia lógica de **fusionar en un solo partido unitario a todos los grupos nacionales, religiosos y profesionales de la clase obrera**. (…) El centralismo socialdemócrata tiene que ser de un carácter  esencialmente distinto al blanquista; no puede ser otra cosa más que la  concentración impetuosa de la voluntad de la vanguardia consciente y  militante de la clase obrera frente a sus grupos e individuos aislados,  es, por así decirlo, el «autocentralismo» del sector dirigente del  proletariado.
>
> Rosa Luxemburgo. [Problemas de organización de la socialdemocracia rusa](https://www.marxists.org/espanol/luxem/04Problemasorganizativosdelasocialdemocracia_0.pdf), 1904

Es decir, el partido, la organización de militantes, no puede organizarse como una federación de *particularismos*, de «intereses parciales», de orígenes religiosos, como si el  proletariado fuera la suma de una serie de frentes identitarios, de  sujetos en lucha contra distintas opresiones diferenciadas. El  centralismo del partido significa afirmar la centralidad de la lucha  contra el trabajo asalariado.

### La discriminación y el alcance de los *grupos especializados*

Los debates en el seno de la socialdemocracia rusa que dan lugar al  folleto al que pertenece la cita de arriba, son muy ilustrativos de la  comprensión del centralismo por los marxistas.

Lenin llevaba en campaña desde 1903 para llevar al [Bund](https://en.wikipedia.org/wiki/General_Jewish_Labour_Bund_in_Lithuania,_Poland_and_Russia), el partido socialista mayoritario en las concentraciones obreras judías del imperio ruso, a la integración plena en el POSDR. En aquella época  los judíos dentro del imperio ruso solo podían vivir dentro de un [área de confinamiento](https://en.wikipedia.org/wiki/Pale_of_Settlement), legalmente tenían restringidos sus derechos políticos, educativos y económicos y sufrían regularmente «[pogroms](https://en.wikipedia.org/wiki/Pogrom)» azuzados por el propio aparato represivo que liberaba así tensiones sociales. 

Con un antisemitismo convertido en ideología de estado, si había unas víctimas arquetípicas de la discriminación y la opresión zarista esos  eran los judíos. El Bund reclamaba autonomía dentro del partido en  nombre de su identidad diferenciada, basada en esa opresión específica.  El partido, con Lenin -y no pocos dirigentes de origen judío- a la  cabeza entendía que esa autonomía no debía pasar de la lógica autonomía  de un grupo de trabajo especializado en aportar al desarrollo de la  conciencia de clase dentro de un sector específico del proletariado: el  de lengua yidish. Para los bundistas significaba por contra una  «federación» de facto. Los problemas no tardarían en surgir.

> La «autonomía» de los Estatutos de 1898 asegura al movimiento obrero judío todo lo que puede necesitar:  propaganda y agitación en yiddish, publicaciones y congresos,  presentación de reivindicaciones particulares como desarrollo del **programa socialdemócrata único común** y satisfacción de las necesidades y demandas locales que dimanan de las peculiaridades del modo de vida judío. En todo lo demás es **imprescindible la fusión más completa y estrecha con el proletariado ruso**, es imprescindible en interés de la lucha de todo el proletariado de  Rusia. Y carece de fundamento, por el fondo mismo del asunto, el temor a toda «mayorización» en caso de fusión, pues precisamente la autonomía  es una garantía contra la *mayorización* en las cuestiones  particulares del movimiento judío. Pero en las cuestiones relativas a la lucha contra la autocracia, a la lucha contra la burguesía de toda  Rusia, debemos actuar como una organización de combate única y  centralizada; debemos apoyarnos en t**odo el proletariado, sin  diferencias de idioma ni de nacionalidad, cohesionado por la solución  mancomunada y constante de los problemas teóricos y prácticos, tácticos y de organización**, en vez de crear organizaciones que marchen  aisladamente, cada una por su propio camino; en vez de debilitar las  fuerzas de nuestro embate, fraccionándonos en multitud de partidos  políticos independientes; en vez de introducir el aislamiento y la  separación para curar después con emplastos de la cacareada «federación» la enfermedad que nos inoculamos artificialmente.
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> Lenin. «¿Necesita el proletariado judío un partido político independiente?», 1903

Aunque en la época no recibieran este nombre, vemos ya todos los ingredientes  de los debates con el identitarismo y sus trampas. Al definir a una  parte del proletariado como «judío», el resto empieza a ser definido  como «gentil» (*goyim*) o «cristiano» e insinuarse que es  «partícipe a título lucrativo» de la discriminación ajena. Lenin  responde airadamente en una nota:

> A «organizar la impotencia» sirve  el Bund cuando emplea, por ejemplo, esta expresión: nuestros camaradas  de las «organizaciones obreras cristianas». Esto es algo tan absurdo  como toda la diatriba contra el Comité de Ekaterisnoslav. No conocemos  ninguna organización obrera «cristiana». Las organizaciones  pertenecientes al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia nunca han  hecho distinción alguna entre sus miembros según su religión, jamás les  han preguntado por ésta ni lo harán jamás. ni siquiera cuando el Bund en realidad, «se constituya en partido político independiente».
>
> Lenin. «¿Necesita el proletariado judío un partido político independiente?», 1903

El peligro de este tipo de trampas retóricas, que en realidad solo buscan fraccionar a la clase para consolidar una pequeña *burocracia sectorial* aprovechando el hartazgo ante una discriminación aberrante, estuvo bien presente desde los primeros momentos de la IIIª Internacional. No solo  es que el movimiento de mujeres, jóvenes o cooperativistas comunistas  limitara su actividad a la propaganda específica, es que  organizativamente **no estaba \*junto\* a la Internacional y sus partidos, sino \*dentro\* de ellos**, como grupos sectoriales.

> No hay más que un sólo movimiento, una sola organización de mujeres comunistas -antes socialistas- en el  seno del partido comunista junto a los hombres comunistas. Los fines de  los hombres comunistas son nuestros fines, nuestras tareas.
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> Clara Zetkin