Nacionalismo

Nacionalismo

Ideología política que define a la nación como un sujeto histórico y político por encima de las clases sociales, que quedarían reducidas a componentes de la nación con intereses y tareas nacionales específicas, es decir, con intereses y deberes propios en el «objetivo común» de la prosperidad del capital nacional.

Significado del nacionalismo

El nacionalismo define a la nación como un sujeto histórico y político por encima de las clases sociales, que quedarían reducidas a componentes de la nación con intereses y tareas nacionales específicas, es decir, con intereses y deberes propios en el «objetivo común» de la prosperidad del capital nacional. Deberes que por supuesto incluyen distintas formas de «lealtad» hacia el poder estatal.

Todo nacionalismo incluirá, con más o menos intensidad, la reivindicación de una «cultura nacional» y de las tareas nacionales y democráticas de la revolución burguesa bajo la forma de reivindicación permanente de la «soberanía nacional».

La crítica del concepto de nación como sujeto histórico, es decir, la crítica del nacionalismo, pasa por negar la existencia de todo «programa nacional». La nación no es esa unidad con un destino bajo la que se esconde la dirección por la burguesía del conjunto social. Es, por el contrario, un conjunto de clases en conflicto en el que el proletariado representa un programa antagónico a todo lo que implica la nación.

Cuando se habla del «derecho de las naciones a la autodeterminación», se usa el concepto de nación como un todo, como una unidad social y política homogénea. Pero ese concepto de «nación» es precisamente una de las categorías de la ideología burguesa que la teoría marxista ha sometido a una revisión radical, demostrando que detrás del velo misterioso de los conceptos de «libertad burguesa», «igualdad ante la ley», etc., se oculta siempre un contenido histórico concreto.

En la sociedad de clases no existe la nación como entidad sociopolítica homogénea, sino que en cada nación hay clases con intereses y «derechos» antagónicos.

No existe absolutamente ningún terreno social, desde el de las condiciones materiales más primarias hasta las más sutiles condiciones morales, en el que las clases poseedoras y el proletariado consciente opten la misma actitud y aparezcan como un «pueblo» indiferenciado.

En el terreno de las condiciones económicas, las clases burguesas defienden los intereses de la explotación, y el proletariado, los del trabajo. En el terreno de las condiciones jurídicas, la propiedad privada es la piedra angular de la sociedad burguesa; los intereses del proletariado exigen que los que no tienen nada sean emancipados de la dominación de la propiedad. En el terreno de la administración de justicia, la sociedad burguesa representa la «justicia de clase», la justicia de los aposentados y los gobernantes; el proletariado defiende la humanidad y el principio que consiste en tener en cuenta las influencias sociales en el individuo.

En las relaciones internacionales, la burguesía lleva a cabo una política de guerra y de anexiones, es decir, en la fase actual del sistema, una política aduanera restrictiva y de guerra comercial; el proletariado, en cambio, una política de paz generalizada y de libertad de intercambios. En el terreno de la sociología y de la filosofía, las escuelas burguesas y la escuela que representa el proletariado están en abierta contradicción (…)

Incluso en el terreno de las supuestas relaciones humanas, de la ética, de las opiniones sobre arte, educación, etc., los intereses, la visión del mundo y los ideales de la burguesía, por un lado, y los del proletariado consciente, por otro, constituyen dos campos separados entre sí por un profundo abismo. En aquellos aspectos en que las aspiraciones formales y los intereses del proletariado y de la burguesía en su conjunto, o de su sector progresista, parecen idénticos o comunes, como, por ejemplo, en las aspiraciones democráticas, la identidad de formas y consignas encubre una ruptura total de contenido y de política práctica.

En una sociedad de este tipo no puede existir una voluntad colectiva y unitaria, no puede haber autodeterminación de la «nación». Cuando en la historia de las sociedades modernas se han desarrollado luchas y movimientos «nacionales», se ha tratado, en general de movimientos de clase de la capa burguesa dirigente, que, en el mejor de los casos, puede representar hasta cierto punto los intereses de otras capas populares en la medida en que defienda, como «intereses nacionales», formas progresistas del desarrollo histórico, en los que la clase trabajadora aun no se haya separado de la masa del «pueblo» dirigido por la burguesía para constituirse en una clase políticamente consciente e independiente.(…)

Todos estos hechos son suficientes para demostrar que el «derecho de las naciones» no puede ser determinante, desde el punto de vista de un partido socialista, de la cuestión nacional. La misma existencia de eses partido es la prueba de que la burguesía ha dejado de ser el representante de todo el pueblo, de que la clase proletaria ya no se cubre con el manto protector de la burguesía, sino que se ha separado de ella para convertirse en una clase independiente con sus propios objetivos sociales y políticos.

Siendo la concepción de «pueblo», de «derechos» y de «voluntad popular» como un todo homogéneo, una reliquia de la época del antagonismo latente en inconsciente entre el proletariado y burguesía, sería una contradicción flagrante que el proletariado consciente y organizado se sirviera de ellas; una contradicción no en el terreno de la lógica escolástica, sino una contradicción histórica. (…)

Para la socialdemocracia, la cuestión de las nacionalidades es, ante todo, como todas las demás cuestiones sociales y políticas, una cuestión de intereses de clase.(…)

Recapitulemos: el desarrollo capitalista y los intereses de la burguesía necesitan la creación de un estado nacional independiente, que más tarde se convierte en un instrumento de conquista imperialista. Los intereses del proletariado tienen únicamente a los objetivos democráticos y culturales del movimiento nacional, es decir, al establecimiento de instituciones políticas que garanticen, por medios pacíficos, e libre desarrollo de la cultura de todas las nacionalidades que conviven en el mismo estado. La clase obrera reivindica firmemente la igualdad de derechos de todas las personas de todas las nacionalidades. El programa nacional de clase obrera es esencialmente distinto del nacionalismo de la burguesía.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

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